Hacia finales de enero de 1077, en mitad de un crudo invierno, el Sacro Emperador Romano Enrique IV llegó a Canossa, unos treinta y dos kilómetros al sureste de Parma, en el norte de Italia. En esa época, Enrique tenía apenas veintitrés años, era un hombre alto y lleno de energía, de ojos azules y pelo rubio, un típico teutón.

 

Había viajado hasta Canossa para ver al papa, Gregorio VIL «el Julio César del papado», que se alojaba en la fortaleza del lugar. Gregorio, que entonces supera los cincuenta años, sería luego canonizado, sin embargo, como sostiene el historiador de la Iglesia William Barry, era en realidad «lo que todo el mundo llama un fanático».

 

A principios de ese mismo mes había llegado incluso a excomulgar al emperador, aparentemente por haberse atrevido a nombrar obispos en Alemania y no haber emprendido acciones de ningún tipo para erradicar la extendida práctica de la simonía, la compra de cargos, o la práctica igualmente común de permitir que el clero, obispos incluidos, contrajeron matrimonio. El 25 de enero, se permitió a Enrique acceder al recinto del castillo.

Allí, según la leyenda, el emperador tuvo que esperar durante tres días antes de que Gregorio accediera a verle y conceder la absolución, descalzo, vestido solo con una larga camisa, ayunando en medio del frío y la nieve. Esta humillación pública fue un espectacular punto de inflexión en una disputa que llevaba años cocinándose y que se prolongará durante dos siglos más.

A finales del año anterior, en una obra redactada para su propio uso y conocida como Dictatus papae (Dictámenes del papa), Gregorio había proclamado que <la Iglesia Romana no ha errado nunca>

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